Si hay un árbol  del que podamos decir que forma parte de la naturaleza de la cultura mediterránea, ese sin duda es el olivo.

Qué maravilla de árbol, siempre me ha fascinado su arraigo a la vida, no hay otro igual. Lo arrancas de raíz, lo dejas tirado en el suelo, lo das por muerto y él se toma su tiempo, puede que pasen incluso algunos años, si la climatología le ayuda un poco, revive, y un buen día resurge el verde de entre sus secas raíces. Es asombrosa su capacidad de resistencia.  

Por eso podemos disfrutar hoy en día de auténticos tesoros vivientes. Verdaderos sobrevivientes durante siglos de crudos inviernos cubiertos de nieve  y veranos bajo soles abrasadores y aun así trabajadores incansables que con su fruto han deleitado sin diferenciar a ricos o pobres, a nobles o a esclavos, sin importar si quienes los cuidaban eran íberos o romanos, árabes o cristianos. Mucho tenemos que aprender

No son árboles majestuosos, no alcanzan alturas impresionantes. Son más bien rudos, robustos, con troncos anchos y rugosos, a veces enrollados y plegados sobre si mismos formando extrañas figuras. De jóvenes, unas decenas de años, suelen tener un tronco compacto, que con el paso de los años tiende a abrirse y aparecen huecos donde anidan pájaros y se cobijan pequeños animales como los ratones y las serpientes; después esos espacios se ensanchan y pasan a ser pequeñas cuevas que aprovechan animales más grandes como los gatos salvajes, los tejones, los zorros. Finalmente cuando ya han pasado siglos viendo atardeceres, se convierten en lugares de ensueño donde los niños vuelan con su imaginación entre castillos medievales, naves cruzando mares o refugios perfectos donde preparar sus pócimas mágicas. Un espacio fantástico para jugar mientras el resto de la familia recoge las aceitunas.

Hay mucho que contar de los olivos, lo iremos haciendo, es nuestro compromiso.